La intervención de TV3, máxima prioridad

Aunque lentamente nuestros conciudadanos europeos van abriendo los ojos ante lo que sucede en Cataluña, y lo hacen en medio del estupor, el pasado jueves organicé un acto en Barcelona —‘Tres miradas europeas al procés’— en el que participaron dos reputados corresponsales, François Musseau y Paul Ingendaay, y una profesora de ciencias políticas danesa, Marlene Wind. Eso que hasta ahora los medios de comunicación e intelectuales y artistas extranjeros veían como una especie de movimiento de liberación en el sur posfranquista, va ofreciendo, con iniciativas que sólo pueden ser personales, su auténtico rostro. El daño que ha hecho y sigue haciendo el romanticismo novelesco y no debidamente contrastado es estremecedor.  Tomemos nota y que sirva de ejemplo. Como decía uno de los corresponsales: “En los 70, algunos alemanes llevábamos el símbolo CAT en nuestras matrículas”.

Lo dice alguien que no compró la propaganda del Govern, pero que hasta ahora no se había adentrado en la realidad del cuasisubmundo de los catalanes no nacionalistas de este modo tan directo. Igual que sus otros dos compañeros, salpicaron el debate con exclamaciones de no puede ser que sólo deis tres horas de español a la semana en los colegios, que la universidad esté absolutamente sometida al dictado nacionalista, que el año pasado sufrierais algo tan parecido —sí— a un golpe de Estado… Les habría venido bien para atisbar adónde llega la manipulación nacionalista, un reportaje que TV3 emitió tres días después de la conferencia. El profesor Francisco Oya, presente aquel día y uno de los entrevistados por la televisión catalana, ya me advirtió del previsible sesgo del contenido.

El documental de marras se titulaba ‘Estudiar bajo sospecha’, y estaba centrado en la incidencia del 1-O en la comunidad educativa a partir del caso del Instituto Palau de Sant Andreu de la Barca —’La onda expansiva del Palau’, anunciaba TV3 en la web sin vergüenza ninguna—. Bastaron las palabras con que el presentador enmarcó la pieza para constatar que nos hallábamos ante otro burdo artefacto propagandístico: “Las escuelas se convirtieron el 1 de octubre del año pasado, como en cada proceso electoral, en centros de votación. En muchas de estas escuelas, la acción de la policía y la guardia civil, provocó heridos y destrozos en las instalaciones, y al día siguiente, se habló de ello en las aulas”. Había que calibrar, no obstante, la magnitud de la patraña. Y, ciertamente, no defraudó. No en vano, ‘Estudiar…’ trató de presentar las denuncias de adoctrinamiento como una obsesión victimista promovida por activistas de probado anticatalanismo. Lo hizo, además, recurriendo al acostumbrado simulacro de pluralismo: mientras que las opiniones de la parte nacionalista aparecían asociadas a valores como la libertad o el diálogo, las de los verdaderos valedores del derecho se hacían pasar, a base de indecentes postillas, por mentiras o exageraciones. Y, lo más repugnante, asociando imágenes de “constitucionalistas” con otras de la extrema derecha europea. Imperdonable.

Un Gobierno autonómico que restableciera la sensatez —si alguna vez la hubo— debería  asumir como prioritario acabar con el recalcitrante sectarismo de unos profesionales —y considérenlo una licencia poética— que no dudan alentar en cualesquiera programas de la corporación, incluidos los espacios infantiles, el odio a España y a los españoles. Y ello pasaría por la designación de una junta interventora que restaurara la objetividad, la veracidad, el pluralismo —el de verdad, claro, el que ahora se vende como tal es un remedo ortopédico cuyo único objetivo es el simulacro— y, por qué no decirlo, un cierto sentido de la vergüenza.  Y aparte, claro está, de lo que el interventor lleve planificado, habría que dotarse de un criterio para gestionar el probable hallazgo de evidencias de favores, dádivas y otras corruptelas. La mayor, en cualquier caso, se ha perpetrado a cielo abierto, y es la existencia misma de una empresa pública que ha contribuido decisivamente al diseño —pulcro, eso sí— de esta Cataluña crepuscular. Mientras tanto, seguiremos haciendo el trabajo que no han hecho nuestros gobiernos durante años.

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